Esto lo hago por pedido de mi primo, Común, y debe ser leído bajo la luz de la siguiente máxima:
“No jodas a nadie, nunca dejes que te jodan y trata de no joderte tanto”
Una vez que cada individuo comienza su travesía irrepetible por la vida, se va nutriendo de patrones de conducta que considera como correctos, la proveniencia de estos no tiene importancia alguna, solo vienen por doquier o simplemente no vienen. Ahora bien, como se trata de una travesía única, está sujeta a una combinación maravillosamente específica de patrones de conducta que hacen cicatriz, un sinnúmero de pequeños rasguños van marcando para siempre el recóndito lugar donde yace lo que cada uno esencialmente es.
Es evidente la existencia de una moral general, pero no tiene provecho alguno para la vida del individuo independiente, no para uno que quiera ser libre. Me refiero con esto a que la libertad esta supremamente condicionada, ojala por la moral personal, pero en muchos casos se trata de la moral social. La libertad como lo han sugerido varios autores de grandes ligas, a los cuales he tenido la fortuna de leer y con quienes estoy de acuerdo en este punto, es la acción de entender y seguir rigurosamente los lineamientos morales que cada individuo ha creado para si mismo. Por tal razón la moral general, tiende a volverse peligrosa cuando fenómenos como la globalización de la personalidad son un hecho en nuestro entorno, ya que puede condicionar la libertad individual y en tal caso todos serían generalmente libres, socialmente libres, pero jamás individualmente libres.
La especificidad de la moral personal, su complejidad y su infinito valor definen la entereza de una persona, la hacen persona, haga lo que haga tendrá razón en hacerlo si existe un patrón que se tomó el trabajo de elaborar y racionalizar para luego automatizarlo en su actuar. Es necesario en este momento dar algo de crédito a la moral general, pues su único objetivo es prevenir los excesos que pueda traer una afirmación como la hecha a comienzos de este párrafo; sugiriendo al mismo tiempo que es muy difusa, es plana y sin convicción.
Por el contrario, poseer una moral personal implica un esfuerzo permanente de resistencia, dado que la moral general es muy permisiva en las situaciones en las que un ser humano se ve envuelto todos los días y suele entonces convertirse en una tentación omnipresente. Lo más fácil es decir “es una mierda pero lo hace todo el mundo, entonces que importa si lo hago yo”, creo que es mejor decir que es una mierda y dejarlo ahí.
En resumen, la moral personal nos define individualmente como pocas cosas lo hacen, es el listado de las pautas que creamos para poder ser bien lo que queremos ser y lo que ya somos. Es la llave de la libertad como individuo, es el camino para encontrar la armonía (que según Saramago es la felicidad verdadera) y la paz, pues estando seguro de lo que se cree, se está seguro de lo que se hace, dejando de lado las peligrosísimas deudas que contraen los individuos con ellos mismos.
miércoles, 1 de agosto de 2007
martes, 31 de julio de 2007
La vida es ron
…“lo de menos es el recipiente en que bebemos, lo esencial es estar borracho”… Antón Chéjov
A veces, cosas sin la menor importancia hacen feliz al ser humano. Esos momentos, en los que la opinión del mundo no importa, en los que la infinidad de datos que le son enviados permanentemente no tienen relevancia alguna, cuando el ruido de ciudad desparece en silencios de sonidos propios del alma y se borra de sus ojos la realidad por un segundo, sale de los confines del ser mismo un grito lleno de calor y esperanza verdadera, viene del vientre para romper su rostro con una sonrisa y hacer que forme parte finalmente de aquellos a quienes tildan de locos, solo por que están ebrios de dicha.
Para amar la vida hay que estar loco, para amar los amaneceres y atardeceres, a las mujeres, a la música, al mar y a las montañas hay que estar locos, porque el mundo no alcanza a imaginar o entender como cada borrachín ama apasionadamente las maravillas simples e irrepetibles que los días les arrojan a la cara.
A veces, cosas sin la menor importancia hacen feliz al ser humano. Esos momentos, en los que la opinión del mundo no importa, en los que la infinidad de datos que le son enviados permanentemente no tienen relevancia alguna, cuando el ruido de ciudad desparece en silencios de sonidos propios del alma y se borra de sus ojos la realidad por un segundo, sale de los confines del ser mismo un grito lleno de calor y esperanza verdadera, viene del vientre para romper su rostro con una sonrisa y hacer que forme parte finalmente de aquellos a quienes tildan de locos, solo por que están ebrios de dicha.
Para amar la vida hay que estar loco, para amar los amaneceres y atardeceres, a las mujeres, a la música, al mar y a las montañas hay que estar locos, porque el mundo no alcanza a imaginar o entender como cada borrachín ama apasionadamente las maravillas simples e irrepetibles que los días les arrojan a la cara.
jueves, 19 de julio de 2007
IT'S JUST A RIDE
Escucho desde la carretera un grito de león, no es un rugido, es una triste pero igual avasalladora exhalación, como un suspiro dilatado y abrasivo que penetra en mis oíos sonando a pesadumbre. Escucho también pájaros de muchas especies y calañas, intentando entretener del encierro a la fauna del mundo entero.
Sandra, mi superior inmediata me lleva a las instalaciones del zoológico, soy el nuevo ingeniero ambiental. Tuve que madrugar mucho para llegar, le comento. Tomé una flota desde mi casa, después transporte urbano y finalmente otra flota. A veces pienso que no vale el esfuerzo, que las seis horas de viaje son un despropósito, pero el raciocinio desaparece entre brillos de la mañana, en el humo del cigarrillo del puente peatonal y en el gigantesco y profundo cañón de un río putrefacto. Montañas se abren desde la caída de agua, y dejan que cientos de kilómetros muestren su rostro a la carretera, mientras tanto alguien vomita en un a bolsa porque el camino es sinuoso y huele realmente mal. No importa, pienso, es un completo espectáculo ver las paredes verdes de los riscos, exponiendo cuidadosamente las más bellas rocas, a su vez decoradas por líquenes y musgos frescos que no se molestan por el olor del agua. Árboles crecen en las laderas, en las faldas de mujeres hermosas, imponentes, únicas y perfectas. Son como aquellas a las que amamos los hombres, cuando permiten que descansemos recostados en su vientre de olores jóvenes y ruidos vivos de cavidades indescriptibles. Allí en su abrazo el mundo no tiene sonido, calla y desacelera, solo son luces viajando lentamente en la distancia, como si fuéramos dueños del espacio ya que pensamos y sentimos más rápido que el tiempo.
El recorrido comienza, Sandra me acompaña pero decide quedarse atrás, es un camino empedrado, resbaloso y frío. Está rodeado por jaulas de todo tipo, por plantas nativas, y mariposas que aletean por todas partes. Huele a selva, el aire es húmedo y caliente, pero no es la selva, es el zoológico, es un cúmulo de organismos vivos, en el mismo estadio evolutivo, que hablan idiomas completamente diferentes.
Al avanzar se descubren todo tipo de animales, de todas las raleas, vestimentas y cunas. Unos imponentes y afamados, otros débiles, temerosos, cansados y comunes. Algunos se distinguen por su magnificencia anónima, porque nadie los conoce, no son motivo de primeras planas en periódicos o cubiertas de libros a la venta.
Encuentro leones, tigres y jaguares, felinos corpulentos que devoran kilos y kilos de carne fresca mientras que pasan docenas de primates, colgando de ramas secas de árboles rotos, balanceándose hasta las rejas para estiran sus manos casi humanas y pedir limosna. Cóndores solitarios habitan en piedras de cemento, mansiones grises como el cielo de abril, águilas reales de mirada profunda intentan emprender vuelo hasta toparse con el fin del firmamento, como si se acabara el aire a unos cuantos metros de la superficie. Al terminar la jornada, no recuerdo sus nombres científicos, tal vez solo los veo como prisioneros de su mundo, todos igual de miserables.
Los escalones de piedra llegan a su fin y me encuentro en el mismo lugar donde empezó el reconocimiento; quizá sea ese el propósito del extranjero, pasear por el camino que tantos han recorrido y después de ver, oler y sentir, llegar al mismo punto, al punto de partida sin poder hacer mucho.
Cae la tarde y con ella una lluvia torrencial, canales de cemento conducen al agua y la llevan a las jaulas, toma del suelo lo que puede y arrastra suciedad hasta la parte baja del recorrido, allí me veo de nuevo con una corriente putrefacta, proveniente de otra ciudad, de una más pequeña e inhumana, o por la tergiversación de los intereses de la humanidad, vívidamente humana. Cuando amaina la lluvia me percato de la hora, son las cinco y tengo que volver a casa. Termino mis análisis y propongo un tratamiento tentativo para el manejo de las aguas negras; me despido de Sandra y camino hasta la carretera donde tomo una flota.
Sigo el cauce de la gigantesca alcantarilla a cielo abierto, esta vez a contra corriente. Entro a la ciudad por sus barrios más pobres, montañas de ladrillos, parecen infinitas crestas rojizas que le piden al cielo poca lluvia. Continuo hacia los barrios ricos en medio del insoportable e incontenible murmurar de la radio del bus; creo oír al Alcalde y luego a los payasos de voces sin rostro que se dedican a la palabrería barata.
Finalmente la ciudad acaba y llego a mi casa, no vivo en la urbe, estoy fuera de sus dominios. Termina entonces el camino para mí, llego a donde siempre llego, llego a al punto de donde siempre parto, mañana despertaré aun sin día y empezaré una vez más el recorrido.
Sandra, mi superior inmediata me lleva a las instalaciones del zoológico, soy el nuevo ingeniero ambiental. Tuve que madrugar mucho para llegar, le comento. Tomé una flota desde mi casa, después transporte urbano y finalmente otra flota. A veces pienso que no vale el esfuerzo, que las seis horas de viaje son un despropósito, pero el raciocinio desaparece entre brillos de la mañana, en el humo del cigarrillo del puente peatonal y en el gigantesco y profundo cañón de un río putrefacto. Montañas se abren desde la caída de agua, y dejan que cientos de kilómetros muestren su rostro a la carretera, mientras tanto alguien vomita en un a bolsa porque el camino es sinuoso y huele realmente mal. No importa, pienso, es un completo espectáculo ver las paredes verdes de los riscos, exponiendo cuidadosamente las más bellas rocas, a su vez decoradas por líquenes y musgos frescos que no se molestan por el olor del agua. Árboles crecen en las laderas, en las faldas de mujeres hermosas, imponentes, únicas y perfectas. Son como aquellas a las que amamos los hombres, cuando permiten que descansemos recostados en su vientre de olores jóvenes y ruidos vivos de cavidades indescriptibles. Allí en su abrazo el mundo no tiene sonido, calla y desacelera, solo son luces viajando lentamente en la distancia, como si fuéramos dueños del espacio ya que pensamos y sentimos más rápido que el tiempo.
El recorrido comienza, Sandra me acompaña pero decide quedarse atrás, es un camino empedrado, resbaloso y frío. Está rodeado por jaulas de todo tipo, por plantas nativas, y mariposas que aletean por todas partes. Huele a selva, el aire es húmedo y caliente, pero no es la selva, es el zoológico, es un cúmulo de organismos vivos, en el mismo estadio evolutivo, que hablan idiomas completamente diferentes.
Al avanzar se descubren todo tipo de animales, de todas las raleas, vestimentas y cunas. Unos imponentes y afamados, otros débiles, temerosos, cansados y comunes. Algunos se distinguen por su magnificencia anónima, porque nadie los conoce, no son motivo de primeras planas en periódicos o cubiertas de libros a la venta.
Encuentro leones, tigres y jaguares, felinos corpulentos que devoran kilos y kilos de carne fresca mientras que pasan docenas de primates, colgando de ramas secas de árboles rotos, balanceándose hasta las rejas para estiran sus manos casi humanas y pedir limosna. Cóndores solitarios habitan en piedras de cemento, mansiones grises como el cielo de abril, águilas reales de mirada profunda intentan emprender vuelo hasta toparse con el fin del firmamento, como si se acabara el aire a unos cuantos metros de la superficie. Al terminar la jornada, no recuerdo sus nombres científicos, tal vez solo los veo como prisioneros de su mundo, todos igual de miserables.
Los escalones de piedra llegan a su fin y me encuentro en el mismo lugar donde empezó el reconocimiento; quizá sea ese el propósito del extranjero, pasear por el camino que tantos han recorrido y después de ver, oler y sentir, llegar al mismo punto, al punto de partida sin poder hacer mucho.
Cae la tarde y con ella una lluvia torrencial, canales de cemento conducen al agua y la llevan a las jaulas, toma del suelo lo que puede y arrastra suciedad hasta la parte baja del recorrido, allí me veo de nuevo con una corriente putrefacta, proveniente de otra ciudad, de una más pequeña e inhumana, o por la tergiversación de los intereses de la humanidad, vívidamente humana. Cuando amaina la lluvia me percato de la hora, son las cinco y tengo que volver a casa. Termino mis análisis y propongo un tratamiento tentativo para el manejo de las aguas negras; me despido de Sandra y camino hasta la carretera donde tomo una flota.
Sigo el cauce de la gigantesca alcantarilla a cielo abierto, esta vez a contra corriente. Entro a la ciudad por sus barrios más pobres, montañas de ladrillos, parecen infinitas crestas rojizas que le piden al cielo poca lluvia. Continuo hacia los barrios ricos en medio del insoportable e incontenible murmurar de la radio del bus; creo oír al Alcalde y luego a los payasos de voces sin rostro que se dedican a la palabrería barata.
Finalmente la ciudad acaba y llego a mi casa, no vivo en la urbe, estoy fuera de sus dominios. Termina entonces el camino para mí, llego a donde siempre llego, llego a al punto de donde siempre parto, mañana despertaré aun sin día y empezaré una vez más el recorrido.
martes, 10 de julio de 2007
Saramago..."lo último que se pierde es la dignidad"
La dignidad del individuo comienza a escasear. ¿Por que todos quieren venderla y quedarse con la estúpida esperanza?
Es una esperanza desesperanzadora además, una que no tiene sentido, que intenta borrar el momento en que por una mejor vida se entregó la parte que cuenta de la vida misma, joder si la vida no es vida cuando no es digna. ¿Cómo podría ser una mejor vida entonces?
Que no nos confundan, no importan las medidas para hacernos diferentes social, económica, intelectual o filosóficamente, la dignidad es un regalo que los individuos se entregan a si mismos, depende única y exclusivamente de cada uno, por eso la esperanza no es lo último que se pierde, lo último que se pierde es la dignidad.
Jose Saramago es un viejo absolutamente genial.
Es una esperanza desesperanzadora además, una que no tiene sentido, que intenta borrar el momento en que por una mejor vida se entregó la parte que cuenta de la vida misma, joder si la vida no es vida cuando no es digna. ¿Cómo podría ser una mejor vida entonces?
Que no nos confundan, no importan las medidas para hacernos diferentes social, económica, intelectual o filosóficamente, la dignidad es un regalo que los individuos se entregan a si mismos, depende única y exclusivamente de cada uno, por eso la esperanza no es lo último que se pierde, lo último que se pierde es la dignidad.
Jose Saramago es un viejo absolutamente genial.
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